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La responsabilidad social en la industria alimentaria

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“Sólo cuando se haya talado el último árbol, sólo cuando se haya envenenado el último río, sólo cuando se haya pescado el último pez; sólo entonces descubrirás que el dinero no es comestible”

Arranca octubre y cierra el verano por vacaciones, llegando a su fin exhausto por tanta irresponsabilidad, negligencia y malas prácticas en lo que a la industria alimentaria se refiere.

De un lado, la presencia de la Listeria monocytogenes, la bacteria causante de la crisis sanitaria por listeriosis en Andalucía. Con ella se pusieron en cuestión los controles sanitarios por los que han de pasar los alimentos, los procesos de etiquetado y la higiene en los procesos de tratamiento de la carne, así como la efectividad y el rigor en los procedimientos públicos interpuestos a la empresa desde comienzos de año y que fueron incumplidos por la misma.

Mientras tanto, la ONU publicaba un informe elaborado por el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), a través del que nos recomendaba modificar nuestra dieta con el fin de garantizar la seguridad alimentaria de la población mundial, así como reducir el aumento de la temperatura global. El crecimiento exponencial de la población, unido a sus patrones de consumo, intensivos en cuanto a proteína animal, están generando un uso del suelo y consumo de agua insostenibles, así como dicotomías tan irracionales como la desnutrición en determinadas partes del mundo, mientras se dan problemas de sobrepeso y obesidad en otras.

Si bien esto último podemos vincularlo a la salud púbica y al mercado, que generan la obesidad y sus consecuencias (diabetes, hipertensión, deficiencias coronarias…) para la industria farmacéutica, la explotación de la tierra nos conduce a otro tipo de impactos, como la desertización, el incremento de migraciones por motivos medioambientales, la alteración de los periodos de lluvia o el alarmante aumento de los incendios forestales.

Controvertido asunto éste, pues si bien hay fuegos generados por elementos naturales, tras otros se esconden “manos invisibles” con intereses que podrían considerarse un crimen de lesa humanidad. Esto nos hace recordar otro acontecimiento presente durante todo el estío: los incendios forestales acontecidos en nuestro planeta, especialmente en uno de sus principales pulmones: la selva amazónica. Según datos del INPE (Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales en Brasil), entre enero y agosto de 2019 se registraron más de 74.000 incendios en Brasil, suponiendo un incremento superior al 80% respecto al mismo periodo del año anterior, habiéndose quemado ya más de 2,5 millones de hectáreas. A pesar de que no se determinan las causas con claridad, una de ellas podría ser la deforestación ilegal para la cría de ganado (recordemos aquí que, a la par, la ONU recomienda aumentar el consumo de legumbres y vegetales, en contraposición a la excesiva e insostenible demanda de productos animales).

Este panorama nos lleva a que la selva tropical más grande del mundo se consume para satisfacer los intereses mercantilistas de unos pocos… ¿Qué ocurrirá si en ella se instalan la industria agroganadera y minera? ¿Dónde irán las comunidades indígenas? ¿Qué ocurre con sus derechos, así como con el derecho a respirar y vivir de todos los seres del planeta?

Parece que la devastación del suelo, la desaparición de espacios naturales –auténticas fuentes de oxígeno- y el incremento de enfermedades de todo tipo, entre ellas, las de origen respiratorio, poco o nada parecen importar a magnates de multinacionales y muchos de nuestros gobernantes.

Y así, con la tierra deforestada y el aire contaminado, sumerjámonos en los mares que nos refrescan de tanto fuego devastador. Quien piense que allí se encontrará a salvo, se dará de bruces con la realidad de los microplásticos, sobre los que expertos de la ONU también están poniendo el foco, con el fin de analizar el posible efecto en la salud de los consumidores.

Estas partículas son ingeridas por pequeños peces y moluscos, a través de los que entran en la cadena alimentaria del ser humano. ¿Qué impacto puede tener todo ello sobre la seguridad alimentaria?

A la vista de esta visión tan particular del verano 2019, me puede la indignación de ver que por un lado, los organismos internacionales parecen plantearse ciertas cuestiones solo cuando afectan al ser humano, sin detenerse en que antes de ello, nuestras acciones están agrediendo al resto de espacios naturales y seres minerales, vegetales y animales, que para algunos parecen no tener importancia. De nuevo aquí esta visión antropocéntrica de la vida, que nos conduce a unos inevitables “cien años de soledad”.

Asimismo, pongo sobre la mesa la reflexión sobre la importancia del Acuerdo de París y el desarrollo de los ODS por un lado, y de las actuaciones irresponsables de empresas y gobiernos que, de manera ilegal y/o alegal, actúan impunemente ante esta situación de emergencia climática en la que estamos inmersas. ¿Es justo el principio de no injerencia ante tales barbaridades? ¿Qué postura ha de adoptar la comunidad internacional?

A estas alturas de la reflexión, el cuadro que dibujo ante mis ojos pertenece a un estilo surrealista, en el que, de un lado se encuentran los colectivos más activistas y concienciados, quienes consideran que la responsabilidad social en la industria alimentaria es un camino largo, pero por el que se va avanzando, pues, comparativamente con décadas atrás, los sistemas de gestión, consumos relativos (por unidad de producción), controles sanitarios, procedimientos de etiquetados e información al consumidor han mejorado indudablemente.

Junto a esta imagen en el lienzo, se encuentra la de las posturas más alarmistas que, si bien consideran que ciertamente la regulación a este respecto ha aumentado y los controles ahora son muy superiores a los de hace unos años, el crecimiento poblacional y el cambio en los hábitos de consumo ponen en el tablero de juego dos variables que dificultan e incluso limitan el impacto del aumento en el desarrollo normativo. Este ritmo de consumo es totalmente insostenible para el planeta y las consecuencias que ya está generando en términos medioambientales, migratorios, de derechos humanos y sanitarios no están siendo abordadas con políticas globales y determinantes.

Al otro lado de la tela se esbozan las posturas de cada consumidor, las de quienes vivir es consumir a cualquier precio, basándose en que si lo pueden pagar, lo pueden poseer; y las de quienes consideran que vivir es interactuar, sabiendo que los recursos son limitados y que el medio ambiente no ha de ser un agente al que explotar, sino con el que relacionarse. ¿Qué conciencia ambiental hay en nuestra sociedad? ¿A qué comodidades estamos dispuestos/as a renunciar a favor del medio? ¿Qué cambios podemos incorporar en nuestros hábitos de consumo para contribuir a la sostenibilidad?

Miro a mi cuadro imaginario y dudo sobre si es surrealista o, más bien, una pintura negra, en la que la complejidad de la industria alimentaria, el desarrollo normativo y su implementación, la actuación de las empresas, los procesos en toda la cadena de suministro, canales de producción y distribución, así como la educación y sensibilización ciudadana desde la infancia, se entrelazan entre sí enfocando hacia un futuro incierto, mientras los bosques, cielos y mares son comprados por el dinero de quienes no entienden que la verdadera riqueza, la de la Naturaleza, no se puede poseer.

Para ampliar más información y profundizar en la reflexión sobre la materia, recomiendo el último dossier de Economistas sin Fronteras, publicado en septiembre del año en curso y  disponible a través de este enlace.


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